A Sixto le gustaba bailar por Loraine Rosado-Pérez
FICCIÓN
Despertó en la nada de su casa. Un vacío abismal y succionador. Sixto cargaba todas las penas en su espalda, pero hoy, hoy era el día de su fin. Lo decidió a eso de la medianoche, mientras el bache de su mente lo asfixiaba y le quebrantaba la voz. Y así, esperanzado con la idea de morir, se levantó de la cama con una energía que hacía muchísimo tiempo que no sentía. Las ganas inexistentes de vivir que lo habían arropado durante los pasados meses se iban disipando y comenzaba a sentir la adrenalina del fin que se acercaba.
Como en un trance, Sixto prendió el tocadiscos y puso su vinilo favorito. Y soy feliz, bien feliz, así lo grito. Mira que el mundo sepa, que se sepa, soy feliz. Sacó la ropa que solía usar en ocasiones especiales y comenzó a prepararse para su cita. Bailaba y cantaba mientras mordía un pedazo de pan endurecido que le quedaba en la alacena. ¿Cuándo yo saldré de esta prisión que me tortura, me tortura mi corazón? Se miró al espejo y dijo para sí, “te veo pronto, mi Calalú”. Salió de la casa con el pecho apretao y el corazón a millón. A modo de despedida, cerró la puerta y asintió con su cabeza. Algunas lágrimas le nublaron la vista, pero no lo detuvieron.
Iba Sixto con su caminao cocoleao, camisa crema de botones, pantalón de vestir color marrón oscuro y boina verde comandante. Acompañaba sus pasos de la sombrilla de la cooperativa que usaba como bastón mientras recorría la acera del parque de la Baldrich. Era una de esas sombrillas de las que le regalan a la gente cuando tienen el privilegio de comprar casa en este archipiélago. Aunque él se la consiguió en la esquina de la First Pharmacy, uno de esos días en los que iba a recoger el refill de la Lexapro y la Klonopín. Ese día estaba de malas y no le importó que quien fuese dueño de la sombrilla tuviese que coger el aguacero que se asomaba, pues él tenía que caminar lindo y bello y se le había roto la suya con el último diluvio que cogió. Total, no tenía quien lo detuviese en su hazaña de apropiarse de lo ajeno. Perfume de rosas tiene tu alma. Pensaba en Calalú y se le agrietaba el interior. Arrugado y entumecido. Nota melodiosa me trae el viento y eso es, vida mía, que yo te quiero.
Sixto solía olvidar los malos ratos con los amaneceres. Había algo de las mañanas que lo llenaban de vida, de esa que a veces en la soledad diaria de estos últimos meses se le escurría de las manos. Antes de su desgracia, acostumbraba recibir esos primeros rayos del sol con brazos abiertos, corazón abierto, sonrisa abierta. Disfrutaba del silencio madrugador y de leer el periódico mientras Calalú le preparaba un sorbito de café negro. Ya como a eso de las 10:30 a.m., ambos se enlistaban, filoteaos al ritmo de Cortijo para ir al cafetín del otro lao, a darse el segundo palito de café y a comer alguito. Caminaban juntos desde su casita en la Baldrich hasta la Domenech. Bailao y meneao, daban pasos casi como si flotaran, sincronizados. Baila este ritmo María Conchita, baila este ritmo, bien pegadita.
A Sixto le gustaba la cocolería desde chamaquito. La música era lo suyo, su lugar de estar. Era su encuentro con Sixto adolescente, pa’ allá pa’ cuando tocaba el barril de quien era su vecino en ese entonces, Chuito. Precisamente, gracias a Chuito fue que comenzó su obsesión con la música. Chuito era bombero mayagüezano y fue quien le enseñó a Sixto a tocar el sicá, el gracimá y el yubá. Además de barrilero, Chuito también era timbalero y, cuando ya estaba medio entrao en palos, se le olvidaba cuanto celo le tenía a sus instrumentos y dejaba que Sixto practicara con ellos mientras él le iba enseñando el son, tun cutun pá, que debía seguir. Con la música fue que conoció a su Calalú, uno de esos días en los que fue a tocar a la Placita en Santurce. Esa tarde dominguera fue cuando el remeneao de caderas de aquella mujer le dijo, “pérate mijito, que aquí es que es”.
Recordó que solía molestar a Calalú cantándole si te mueres no me lleves y ahora buscaba cualquier excusa para irse de este plano y de toda existencia. Su Calalú Viento, así le decía desde que su cuerpo dejó de ser. Por eso fue tan extraña la euforia que le llegó esa madrugada, como si la mismísima Calalú le estuviese llamando a andar y a cruzar el charco con ella.
Juraba tenerla cogida de la mano mientras rumbeaba por el parque, los pasos al son de la voz de Maelo. A bailar, a gozar mi bomba, ¡ay que bomba! A punto de cruzar la calle, Sixto miraba desde el otro extremo, la entrada a su cafetín favorito. Sosteniendo de la mano a su Calalú Viento, tarareaba. Bailen todos la bomba y la plena que nos trae tan gratos recuerdos.
Ambos solían compartir el amor y la admiración por Ismael Rivera. Él era su Dios de dioses, el hijo Patria, el aguaecoco que todos los días necesitaban beber. Si yo llego a saber, Sixto cruzaba la calle sin pensarlo, que Perico era sordo, la música que salía de la bocinita de su celular casi explotándole el tímpano, yo paro el tren. Dos o tres bocinazos se consiguió mientras daba una vueltita en el mismísimo medio de la carretera. Pero ni se dio cuenta. El trance lo guiaba. Así mismo lo siguió, un, dos, tres, cuatro, pasito sabroso, hasta llegar a Pablito’s Café. Allí pidió el usual, un café de ocho onzas sin azúcar y se sentó en su esquina preferida, ensimismao y activao con las melodías que salían de su discoteca privada. Su cuerpo retumbaba al son de los timbales y las congas que se fusionaban en su mente. Los floreros y las mesas se movían al tucutú, tucutú, tucutú. Sixto sonreía envuelto en los aromas de café, la voz ismaelita y la compañía de su Calalú Viento. Rejuvenecía.
Tomaba su café con los ojos cerrados y se movía en la silla de lao a lao. Según sus movimientos, se desprendían pedacitos brillantes de su cuerpo que flotaban como destellos de tonos fríos. Dio su último sorbo y así mismo se levantó de la silla, destellando su vida por todo el camino. Salió de Pablito’s, nuevamente en dirección al mismísimo medio de la avenida, como si estuviese volviendo a tener control de sí, algo que no sentía desde que su Calalú se fue. Si yo llego a saber. Sixto no paraba de bailar y le daba vueltas eternas a su Calalú Viento, como si la tuviese en sus brazos. Que Perico era sordo. Se iluminó la calle de azules y de estruendos. Una ensordecedora chillá de goma opacó el espacio y al instante se escuchó el cantazo. Yo paro el tren. Pero Sixto no quiso parar el tren.
El golpe del auto le llegó directo al corazón, tal y como lo había deseado. Ahí estaba Sixto, tirado en la carretera, a ley de na para llegar a su fin y a su ansiado reencuentro con Calalú, cuando de repente sintió el corrientazo del desfibrilador. Aturdido entre las melodías que aun rondaban por su cabeza y con una desgarradora esperanza de morir, se negaba a abrir los ojos. Pero el shock eléctrico de la máquina pudo más. Miró a su alrededor y observó la sombrilla verde del Firstbank a su lado.
La vida lo agarraba de los pies sin dejarlo ir.
Loraine Rosado-Pérez es una escritora caribeña nacida y criada en el oeste de Puerto Rico. Actualmente vive en el área metropolitana. Graduada de un doble bachillerato en Estudios Hispánicos y Artes Plásticas de la UPR de Mayagüez, una maestría en Estudios Puertorriqueños del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe y un doctorado en Historia de Puerto Rico y el Caribe, en proceso, de la misma institución. Me gusta transitar esas intersecciones que se dan entre la literatura, el arte y la historia. Y a veces, mi gatita, Matilda, me controla.